Director: Oliver Laxe
Sergi López, Bruno Núñez, Stefanía Gadda, Joshua Liam Henderson, Tonin Janvier, Jade Oukid, Richard Bellamy
Con Sirat, , Oliver Laxe lleva su cine a un punto de ebullición donde lo espiritual, lo físico y lo político colisionan. Si en las excéntricas Mimosas exploraba el tránsito entre la vida y la muerte como un viaje místico, y en O que arde retrataba la fragilidad de lo humano frente a la naturaleza, aquí el director gallego-francés desplaza su mirada hacia un escenario apocalíptico en el que la humanidad parece haberse extinguido, pero el deseo de trascendencia persiste.
La película comienza en medio del ruido con una fiesta rave en el desierto del Sahara. Cientos de cuerpos se mueven al ritmo del techno, entre polvo, luces estroboscópicas y un bajo que retumba como un temblor. Es un paisaje de fin del mundo, pero también de resistencia. Una comunidad nómada que se aferra a la música como último gesto de comunión. Entre ellos aparecen Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez), dos forasteros en busca de Mar, hija y hermana desaparecida. Cargan un puñado de volantes con su foto y una desesperación contenida. Esa búsqueda es el motor inicial del relato, pero pronto Laxe lo transforma en otra cosa. Una meditación sobre la pérdida, la identidad y el colapso.
Luis y Esteban se unen a un grupo de ravers: Stef (Stefania Gadda), Josh (Joshua Liam Henderson), Tonin (Tonin Janvier), Jade (Jade Oukid) y Bigui (Richard Bellamy), que viajan en viejas caravanas por el desierto siguiendo rumores de una “última gran fiesta”. Lo que encuentran, sin embargo, es una tierra vacía, azotada por tormentas de arena y ecos de guerras inminentes. La radio, cuando funciona, advierte sobre el derrumbe global. El paisaje es hostil, y Laxe lo filma con la precisión pictórica de un místico. Los planos de Mauro Herce, bañados en luz ocre, revelan un territorio que parece absorber a los personajes, borrando sus contornos hasta volverlos espectros.
La colaboración entre Laxe y Herce (ya probada en Mimosas) alcanza aquí un nuevo nivel de ambición formal. Cada encuadre combina la aridez documental con una poesía visual casi bíblica. A esa textura contribuye el diseño sonoro de Laia Casanovas, que convierte el desierto en un organismo vivo, y la música de Kangding Ray, que reemplaza el discurso por ritmo. Un latido que emana de parlantes reventados y que conecta a los cuerpos como si la rave fuera el último ritual humano.
Como en sus anteriores películas, Laxe vuelve al tema recurrente de la muerte como tránsito y la pérdida como forma de conocimiento. Pero Sirat va más allá del duelo individual. Lo que está en juego es el fin de un mundo (quizás el nuestro) y la búsqueda de sentido entre las ruinas. El título alude al puente delgado que, según la tradición islámica, separa el paraíso del infierno. En esa metáfora se sostiene toda la película. Los personajes avanzan sobre una línea invisible que los lleva, sin saberlo, hacia su propia desaparición.
Sergi López, el protagonista de la inolvidable Harry, un amigo que te quiere bien, ofrece una de las interpretaciones más contenidas y conmovedoras de su carrera. Su Luis es un hombre desgastado, suspendido entre la fe y el cansancio, que encuentra en la comunidad rave una forma involuntaria de redención. Bruno Núñez, como Esteban, aporta una ternura casi feral, una mirada que oscila entre el asombro y la pérdida. El resto del elenco, compuesto en gran parte por no profesionales (y dos perritos adorables), encarna la precariedad y la autenticidad de ese mundo errante. Jade Oukid, con sus tatuajes faciales y su presencia magnética, se convierte en un puente entre ambos mundos. El del éxtasis y el del vacío.
La estructura narrativa de Sirat es fluida, impredecible, como si la propia película caminara sobre arena. Laxe comienza con una premisa reconocible (la búsqueda de una hija desaparecida) pero pronto desarma toda expectativa. Lo que sigue es un viaje fragmentado, lleno de elipsis, mutaciones tonales y rupturas que descolocan. En la segunda mitad, una tragedia repentina transforma el relato en un viaje puramente existencial. Los personajes, el paisaje y el propio filme parecen disolverse en un trance visual. La experiencia roza lo lisérgico, pero siempre con un control riguroso del tono.
Hay ecos de Zabriskie Point en la forma en que el vacío físico se convierte en estado emocional, y también del Mad Max más espiritual, pero Laxe nunca cae en el pastiche. Su cine es, sobre todo, una exploración moral. Como Éric Rohmer o Andréi Tarkovski en otros tiempos, filma la fe no como dogma, sino como impulso humano, frágil, contradictorio. Sirat pregunta sin responder qué nos mantiene en pie cuando todo lo demás se ha derrumbado.
A pesar de su potencia visual, la película no está exenta de tropiezos. En su tramo final, algunas imágenes simbólicas se vuelven excesivamente literales, y el uso de ciertos personajes racializados en roles periféricos puede interpretarse como un gesto estético más que una decisión ética. Aun así, la fuerza del conjunto es indiscutible. Laxe arriesga, descoloca y, en muchos momentos, conmueve. Sirat no busca complacer. Exige ser atravesada.
Con esta cuarta película, producida por Pedro y Agustín Almodóvar, Oliver Laxe consolida su lugar como uno de los autores más singulares del cine europeo contemporáneo. Sirat es imperfecta, ambigua y a veces exasperante, pero también profundamente humana. Una obra que parece hablarnos desde el futuro (un futuro devastado) para recordarnos que incluso en el fin, aún hay ritmo, cuerpo y aliento.
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