En un país donde el trabajo sexual sigue siendo criminalizado social y legalmente, el cine se vuelve una herramienta poderosa para escuchar lo que las instituciones insisten en callar. Plaza de la Soledad, el primer largometraje documental de la fotógrafa y cineasta Maya Goded, es precisamente eso. Un acto de escucha, de respeto y de denuncia.
Grabada en La Merced, uno de los barrios más antiguos y estigmatizados de la Ciudad de México, la película retrata a mujeres que han dedicado gran parte de su vida al trabajo sexual. A través de conversaciones íntimas y una mirada empática, Goded nos sumerge en sus historias sin adornos ni filtros. Mujeres que hablan de maternidad, de amor, de miedo, de muerte, de compañerismo, de cansancio. Mujeres que, desde la precariedad y el abandono, han aprendido a resistir.
Ha recorrido por festivales internacionales como Sundance, donde fue seleccionada para competir en la World Cinema Documentary Competition durante el 2016. Antes de convertirse en largometraje, la película fue una necesidad acumulada durante años en el archivo personal de Maya Goded. Una de sus fotografías más provocadoras, la de Juanita, una trabajadora sexual de 70 años recostada con un cliente en una cama de hotel, fue durante mucho tiempo cuestionada. Le preguntaban si era una puesta en escena, si acaso había inventado la situación. Lo que en realidad incomodaba no era la fotografía, sino la posibilidad de que una mujer mayor pudiera seguir ejerciendo su sexualidad y su oficio.
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Esa imagen, que colgó por años en el corcho de su estudio, fue el impulso inicial para darles voz a tantas otras historias. Así comenzó su trabajo en La Merced, en el corazón de la Ciudad de México, donde durante años documentó vidas marcadas por la violencia, pero también por la ternura, las supersticiones, la maternidad y el deseo. En 2012, esa búsqueda encontró forma cinematográfica y culminó en 2015 con el documental. Lejos de romantizar, Goded se acerca sin evasivas a los aspectos más difíciles del oficio: el abuso, el miedo, la fatiga de una vida negociando la intimidad. Pero lo hace con una mirada que nunca les arrebata dignidad. Es una celebración visual poderosa, un gesto de resistencia y un homenaje a la autodeterminación física y emocional de quienes, incluso en la adversidad, siguen luchando por ser escuchadas.
Este junio, mes que conmemora el Día Internacional de la Trabajadora Sexual, la película adquiere una fuerza aún mayor. La conmemoración recuerda la protesta hecha el 2 de junio de 1975 en Lyon, Francia, cuando trabajadoras sexuales ocuparon una iglesia para exigir condiciones laborales dignas y denunciar la violencia que sufrían. Casi cinco décadas después, la realidad no ha cambiado lo suficiente.
En México, organizaciones como la Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales (AMETS) alzan la voz frente a ese abandono institucional. Integrada por mujeres que ejercen el oficio, promoviendo y defiendiendo los derechos humanos de quienes lo practican. Desde su experiencia cotidiana, denuncian que las violencias no provienen de su trabajo, sino de la indiferencia estructural del Estado y de la sociedad.
La búsqueda de reconocimiento, seguridad y derechos para las trabajadoras sexuales sigue siendo tan vigente como el primer día. No se trata de moral, se trata de humanidad. Este documental es un punto de partida, pero también un llamado a incomodarnos, a mirar de frente y a sumarnos a una lucha que no es marginal, es profundamente humana. Que nadie lo vea y se quede igual. No podemos seguir discutiendo si nos parece bien o no el oficio, mientras miles de mujeres siguen desprotegidas, violentadas y despojadas de voz.
Plaza de la Soledad no busca ofrecer respuestas fáciles. Su impacto está en abrir preguntas incómodas. En dejar claro que lo que está en juego es una deuda histórica con un sector que ha sido sistemáticamente ignorado, juzgado y violentado.
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En un panorama donde el cine suele caer en clichés o lugares comunes, el trabajo de Maya Goded apuesta por una mirada honesta y profundamente humana. Retrata lo crudo sin perder la ternura. Expone lo difícil sin quitarles la dignidad. Ofrece, sin adornos, una forma de ver y escuchar que nos obliga a repensar desde dónde estamos hablando.
Porque mientras la discusión siga girando en torno a lo que nos parece correcto o incorrecto, el problema seguirá intacto. Y el cine, como el que propone Maya, puede ser una vía para empezar a mirar más allá de lo moral, y comenzar a ver reconocer su lucha desde la empatía y humanidad.