En Adiós al amigo, Iván Gaona propone un gesto audaz. Contar un fragmento de la historia colombiana desde el lente del Western, género mítico por excelencia. Entre paisajes de Santander, memorias borradas por la guerra y ecos de un cine interrumpido, el director construye un relato que indaga tanto en la figura del general Rafael Uribe Uribe como en las formas en que el cine puede dialogar con lo regional. Con su equipo y un elenco de actores no profesionales, Gaona reafirma una búsqueda estética y ética: la de narrar desde la raíz.
Iván, mi primera pregunta arranca con esa inquietud tuya de hacer un Western a la colombiana. Además, tu cinta dialoga con la primera película colombiana, El drama del 15 de octubre, ese docudrama perdido sobre el asesinato del general Rafael Uribe Uribe. ¿De dónde surgió la idea de traerlo a tu película?
El proceso nace de una investigación sobre la historia. Siempre tuve la inquietud de contar un relato de ese momento porque en Santander la guerra está presente desde la escuela. Lo que me sorprendía era la manera en que la historia se contaba desde una posición blanca, caucásica, dejando por fuera voces indígenas, afrodescendientes y femeninas. Uribe Uribe atravesaba todos esos relatos, pero de manera lejana. Me interesó darle un rostro, volverlo un personaje cercano. Mostrarlo no solo como político o militar, sino como un hombre que transitaba entre la guerra, el mundo indígena y su familia. Era una tarea que el cine me imponía: darle vida a ese fantasma histórico.

En tu película aparece esa reflexión sobre cómo el cine mismo se interrumpió en Colombia con la Guerra de los Mil Días. ¿Hay un homenaje tuyo al propio cine en esta película?
Sí. En Santander había exhibidores y funciones desde muy temprano, pero la guerra fracturó esa tradición. Me parecía una condena: quienes se interesaban por exhibir o crear imágenes en movimiento eran vistos como inútiles o trastornados. Revisar eso fue fascinante, porque habla de un territorio que pudo haber tenido una relación más intensa con el cine, pero que quedó truncada. Me interesa pensar qué pasó con esa pasión, cómo se desdibujó aquí y floreció en otros lugares.
Hablemos de la música. El score de Edson Velandia evoca esas composiciones que acompañaban batallas, pero también introduce torbellinos y guabinas. ¿Cómo trabajaron esa parte?
Encontramos con Velandia que un músico santandereano, Temístocles Carreño, compuso música para acompañar las batallas, pero sus partituras se perdieron y sus composiciones nunca fueron grabadas. Recientemente, los nietos encontraron algunas de las partituras. Velandia las reinterpretó, ya que resultaban más cercanas a torbellinos y guabinas que al tono épico del drama. Entonces lo que hizo fue usar texturas: redobles, cobres, percusiones duras. Además, decidimos grabar con la banda empírica de Piedecuesta. Eso le dio imperfecciones, pero también autenticidad. Fue un modo de alejarnos del preciosismo de compositores de western como Ennio Morricone y darle al relato un sonido que dialogara con lo propio.
Tambièn te puede interesar: Crítica: Adiós al amigo – Hollywood Reporter
Otro aspecto fundamental es el vestuario y, sobre todo, la fuerza actoral de tus intérpretes. ¿Cómo se logra que actores no profesionales alcancen esa potencia?
Con Pariente ya había surgido un debate sobre si estas personas podían interpretar fuera de sus vidas cotidianas. Yo creo que sí. En Adiós al amigo trabajamos en el cañón del Chicamocha y eso generó un cambio: ya no regresaban a casa a ser camioneros u obreros, sino que eran reconocidos como actores en el mismo lugar de rodaje. Eso les dio conciencia del oficio y los llevó a exigirse más. Fue como un aprendizaje colectivo, casi como lo que ocurría en los tiempos en que no había escuelas de actuación.

Me impresiona tu apuesta por un cine regional. En lugar de buscar solo el circuito internacional, planteas un cine que nace y se queda en el territorio. ¿Por qué este énfasis en lo local?
Hacer parte de la generación que nació con la Ley de Cine me permitió ver cómo muchos proyectos se moldeaban a partir de asesorías extranjeras. Eso dio películas interesantes, pero a veces alejadas de la emoción del público local. Nosotros queremos ser más honestos con nuestro territorio, con nuestra gente. El cine colombiano está saliendo de una pubertad, empezando a pensar en su propia identidad y su público real. Tal vez el diálogo no deba comenzar en Bogotá o en un festival europeo, sino en las regiones que inspiran estas películas.¿
Qué viene después de Adiós al amigo?
Ya filmamos otra cinta en Bucaramanga, muy distinta, inspirada en mi padre: un hombre que se pensiona y no sabe qué hacer con su tiempo libre. También será una mezcla de actores profesionales y no profesionales, y busca hablar desde la ciudad, con su propio acento. Esa será mi tercera película.