Pocos actores latinoamericanos han construido una carrera tan diversa como Rodrigo Santoro. Desde sus inicios en la televisión brasileña hasta producciones internacionales como 300, Che, Westworld y Love Actually, el actor ha transitado con naturalidad entre el cine de autor y las grandes producciones comerciales sin perder el vínculo con sus raíces brasileñas.
En O Último Azul, la nueva película de Gabriel Mascaro, director de obras tan singulares como Boi Neon y Divino Amor, Santoro interpreta a Kadu, un hombre que vive navegando los ríos amazónicos mientras arrastra una profunda herida emocional. En una historia que mezcla realismo fantástico, ciencia ficción, crítica social y una sensibilidad profundamente latinoamericana, el actor encuentra a uno de los personajes más vulnerables de su carrera reciente.
Conversamos con Santoro sobre la construcción de Kadu, el universo de Gabriel Mascaro, la importancia de la naturaleza dentro del filme y la manera en que Sendero azul reivindica el derecho de seguir soñando sin importar la edad.

En Sendero azul interpretas a un hombre muy alejado de esa imagen tradicional de galán con la que mucha gente te asocia. ¿Qué te atrajo de un personaje tan desgastado física y emocionalmente?
Kadu es un viajero con el corazón roto. Lo que más me interesó fue precisamente mostrar a un hombre atravesado por el dolor de la distancia y la pérdida. Habitualmente el cine presenta al viajero como una figura asociada a la libertad masculina, alguien que está lejos de casa porque así lo desea. Pero Kadu es exactamente lo contrario.
El barco donde vive es casi una prisión. Está atrapado en un duelo profundo y no sabe cómo lidiar con él. Además, Gabriel Mascaro me dijo algo muy bonito cuando me llamó para la película. Me comentó que había escrito el personaje pensando en mí. No es un protagonista, pero sí alguien que transforma profundamente la vida de Teresa, la protagonista.
También me atrajo la posibilidad de interpretar a un hombre conectado con su fragilidad. Es un personaje que tiene que escuchar lo que le dice su corazón. Es casi la antítesis de los modelos masculinos tradicionales que nos han enseñado durante generaciones.

La película mezcla ciencia ficción distópica, realismo mágico, road movie y hasta una especie de “boat movie“. ¿Cómo encontraste el tono adecuado para actuar dentro de un universo tan peculiar?
Es curioso porque el Amazonas suele aparecer en el cine internacional como un lugar idealizado. Siempre se habla de él como “los pulmones del mundo” o como una especie de paraíso exótico. Pero Gabriel nos presenta un Amazonas que es mágico y fantástico, sí, pero también industrial, surrealista y profundamente político.
Cuando leí el guion me fascinó especialmente el personaje de Teresa y la manera en que la película aborda la vejez. Normalmente las historias sobre personas mayores las muestran atrapadas en los recuerdos o esperando la muerte. Aquí ocurre lo contrario.
Teresa es una mujer que sigue soñando. Se niega a aceptar lo que yo llamaría una especie de eutanasia social. Se rehúsa a ser reducida a una identidad fija de madre o abuela. Por eso siento que la película es una oda a la libertad, a la resistencia y al derecho de seguir soñando. En una sociedad obsesionada con el rendimiento y la juventud permanente, la película nos obliga a preguntarnos cómo tratamos a nuestros mayores y cuánto valor seguimos otorgándoles.
Gabriel Mascaro suele filmar los cuerpos como territorios políticos. ¿Cómo trabajaste físicamente a Kadu, un hombre marcado por el fracaso, la supervivencia y el dolor?
Para mí el cuerpo siempre es fundamental. Me gusta interpretar personajes que estén lejos de mi realidad porque me obligan a ampliar mi mirada y a cuestionar mis propios prejuicios. Y el cuerpo es una herramienta esencial para lograrlo.
Antes del rodaje me fui al Amazonas a convivir con los navegantes, a recorrer los ríos y los igarapés. Esa experiencia fue determinante. Estar allí, escuchar el entorno, sentir el ritmo del lugar, observar cómo se mueve la gente, todo eso empieza a informar al personaje.
No construyo los personajes desde una idea intelectual del tipo “camina así” o “habla así”. Necesito vivir ciertas experiencias para que el cuerpo encuentre por sí mismo la verdad del personaje. Y Kadu carga físicamente su dolor. Vive aprisionado emocionalmente, perdido, sobreviviendo como puede. Todo eso termina manifestándose en su forma de estar en el mundo.

La relación entre Kadu y Teresa resulta fundamental para la película. Son dos personas marginadas de distintas maneras que terminan encontrando compañía mutua. ¿Cómo construiste esa dinámica junto a Denise Weinberg?
Fue algo muy natural. Cuando llegué al rodaje Denise ya llevaba más de una semana filmando. Yo sabía que era una gran actriz, pero no la conocía personalmente. Desde el primer día me recibió con una enorme generosidad. Incluso me acompañó durante parte de mi proceso de investigación en los ríos.
Recuerdo una experiencia muy particular. Estábamos navegando por un igarapé y permanecimos en silencio durante varios minutos. Yo estaba inquieto, ansioso. Mi cuerpo todavía funcionaba al ritmo de la ciudad. Entonces observé al hombre que manejaba el barco. Estaba completamente integrado al entorno. Escuchaba cada sonido de la selva, cada movimiento del agua. Esa fue una lección enorme para mí: bajar el ritmo, escuchar, sincronizarme con ese mundo. Denise ya estaba allí. Ya pertenecía a ese universo. Yo fui llegando poco a poco, casi por ósmosis.
La película tiene ecos de clásicos de la ciencia ficción distópica como Logan’s Run, pero también una sensualidad y una relación con la naturaleza profundamente latinoamericanas. ¿Qué referencias te acompañaron durante el proceso?
Siempre trabajo con referencias musicales y literarias. En este caso construí una especie de playlist emocional para Kadu. No eran canciones que necesariamente escucharía el personaje, sino sonidos capaces de llevarme a su mundo. Escuché mucho ruido de naturaleza, sonidos amazónicos, música instrumental, música indígena, incluso algunas piezas peruanas que despertaban ciertas sensaciones específicas.
También leí poesía durante el proceso y volví mucho a Ailton Krenak, una de las voces indígenas más importantes de Brasil. Fue una influencia enorme para entender el espíritu de la película.
Tus personajes más memorables suelen estar lejos del héroe clásico. ¿Disfrutas más interpretando figuras vulnerables y contradictorias?
Creo que sí. Son personajes que me llevan a lugares más interesantes. Me acercan a mi propia vulnerabilidad y me obligan a explorar zonas emocionales más profundas.
Los personajes elegantes o contenidos también son atractivos, pero tengo una conexión especial con aquellos que están atravesados por conflictos intensos, que viven cerca de la naturaleza o que están luchando consigo mismos. Al final, los conflictos son lo que nos vuelve humanos.
¿Qué viene ahora para ti después de O Último Azul?
Este año vienen varios proyectos. Muy pronto se estrena Brasil 70 en Netflix, una serie sobre la selección brasileña que ganó el Mundial de 1970. Interpreto a João Saldanha, el entrenador que armó aquel equipo histórico. Es un personaje fascinante y muy controvertido. También llegará una película para Prime Video llamada Corrida dos Bichos, dirigida por Fernando Meirelles. Es una especie de thriller distópico con mucha crítica social. Y actualmente estoy rodando en España una adaptación de El peregrino de Paulo Coelho, un proyecto que probablemente llegará el próximo año.
A pesar de tu carrera internacional, sigues manteniendo un vínculo muy fuerte con Brasil.
Siempre lo he sentido así. Desde que empecé a trabajar fuera de Brasil mucha gente me preguntaba si iba a mudarme definitivamente o a concentrarme en Hollywood. Pero nunca quise perder el vínculo con mis raíces. No es una cuestión de patriotismo. Es algo más profundo. Sentía que necesitaba seguir conectado con mi cultura, con mi idioma y con las historias que nacen allí.
Después de la pandemia esa sensación se hizo todavía más fuerte. Con todos los problemas que tenemos en Brasil, algo dentro de mí me decía que debía permanecer conectado a ese lugar. Y hoy siento que fue la decisión correcta.