La comedia perdió a una de sus grandes arquitectas silenciosas. Catherine O’Hara murió a los 71 años en su casa de Los Ángeles, tras una breve enfermedad. Su desaparición marca el fin de una era: la de una intérprete capaz de convertir el exceso en verdad emocional y la sátira en una forma profunda de empatía.
Forjada en la legendaria Second City de Toronto, O’Hara fue parte de una generación que redefinió la comedia norteamericana desde la improvisación y la escritura colectiva. En SCTV, junto a Martin Short, Eugene Levy, Dan Aykroyd y Gilda Radner, desarrolló un estilo que combinaba precisión actoral, riesgo formal y una comprensión quirúrgica del ridículo humano. Allí ganó un Emmy como guionista y dejó claro que su talento no dependía del remate fácil, sino de la construcción minuciosa del personaje.
El cine popular la inmortalizó para millones como Kate McCallister, la madre desesperada de Home Alone, pero su filmografía revela una amplitud mucho más rica. Desde el delirio gótico de Beetlejuice hasta la acidez elegante de After Hours de Martin Scorsese. Fue también una colaboradora esencial del universo de Christopher Guest, donde brilló en Waiting for Guffman, Best in Show y A Mighty Wind, afinando una comedia de observación que parecía improvisada pero que escondía una estructura exacta y minuciosamente construida.
Décadas después, cuando muchas carreras ya miran hacia la repetición o la nostalgia, O’Hara volvió a conquistar el centro de la conversación cultural con Moira Rose en Schitt’s Creek. El personaje, una exestrella de telenovelas atrapada entre pelucas imposibles, acentos errantes y una dignidad indestructible, le valió un Emmy, un Globo de Oro y el reconocimiento unánime de crítica y público. Más que una caricatura, Moira fue una meditación sobre el ego, la fragilidad y la reinvención, sostenida por una actriz en estado de gracia.
Menos visible, pero igual de decisivo, fue su trabajo como actriz de voz: The Nightmare Before Christmas, Frankenweenie, Elemental y The Wild Robot confirman su capacidad para habitar mundos animados con la misma densidad emocional que los de carne y hueso.
O’Hara atribuía su sentido del humor a Canadá: una mezcla de oscuridad, autoconsciencia y compasión. Esa fórmula, reírse de todo sin dejar de amar a los personajes, define una obra que nunca necesitó solemnidad para ser profunda.
Catherine O’Hara no solo hizo reír. Enseñó que la comedia puede ser un acto de inteligencia moral. Su legado no se mide en frases memorables, sino en la manera en que transformó el exceso en humanidad y el artificio en verdad.
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