Revisitar a Crepúsculo casi dos décadas después obliga a separar el fenómeno de la película. Durante años, la cinta ha quedado reducida al fenómeno adolescente que la rodeó. La histeria de los fanáticos, la burla de los críticos, los memes patéticos, hacen parte del peso de una saga que se volvió omnipresente.
Pero al volver a ella, lo que aparece no es solo un producto de su tiempo, sino un objeto extraño, desigual y, por momentos, bastante más singular de lo que sus detractores admitieron. No porque sea una obra redonda, que no lo es, sino porque dentro de sus torpezas formales, sus pésimos efectos y su narrativa edulcorada, cursi y desbalanceada, late una idea muy precisa del romance adolescente como una experiencia total, absorbente e incluso peligrosa.
Catherine Hardwicke, la directora de dos grandes películas sobre adolescentes conocidas como Thirteen y Lords of Dogtown, entendió algo fundamental. Crepúsculo no funciona como una gran fantasía mitológica sobre vampiros y hombres lobo, sino como un melodrama psicosexual con estallidos hormonales y sobrenaturales. La película no está interesada, al menos no de verdad, en construir un universo vampírico sofisticado.
Su verdadero centro es el temblor emocional de Bella Swan, esa adolescente desplazada, silenciosa, incómoda con su propio cuerpo y con el mundo, que llega al poblado de Forks como si entrara a una zona suspendida fuera del tiempo. Ahí es donde la película encuentra su tono más interesante en esa atmósfera húmeda, gris, fría, donde el paisaje parece compartir el estado interior de su protagonista. La lluvia, el bosque, la neblina y los interiores apagados no son simple decoración. Son una extensión del deseo reprimido, de la soledad y del extrañamiento.
Kristen Stewart comprende eso mejor que nadie en la película. Su Bella no está construida desde el carisma convencional ni desde el molde de heroína juvenil accesible. Stewart la vuelve una presencia retraída, algo torpe, observadora, con una sensibilidad que rara vez se verbaliza de forma limpia. Mucha gente confundió esa contención con falta de registro, cuando en realidad ahí está buena parte de la apuesta del personaje.
Su manera de habitar el espacio, de bajar la mirada, de responder tarde o de parecer siempre incómoda, le da al personaje una interioridad que la película necesita para no desmoronarse. Stewart no interpreta a una adolescente “cool”, sino a una chica que parece estar siempre a medio segundo de replegarse sobre sí misma. Y justamente por eso su conexión con Edward tiene sentido. Él no aparece como premio romántico, sino como la encarnación exagerada de una intensidad que Bella ya llevaba dentro.
Robert Pattinson hace algo más complejo de lo que suele reconocerse. Podría haberse limitado a desempeñar la función de galán torturado, pero construye a Edward Cullen como una criatura rara, crispada, incómoda en su propia piel, casi enferma de deseo y repulsión. Su actuación no busca naturalismo pleno, y ahí radica parte de su eficacia. Edward no puede ser del todo normal porque el personaje está atravesado por una contradicción central, ya que quiere a Bella y al mismo tiempo quiere devorarla. Pattinson trabaja esa dualidad con una mezcla de rigidez física, mirada febril y vulnerabilidad que convierte al personaje en algo más que un fetiche adolescente. Es un muchacho congelado en una idea imposible de sí mismo, condenado a controlar cada impulso. En una película menos convencida de su propia extrañeza, esa interpretación habría sido ridícula. Aquí, en cambio, termina siendo crucial para sostener la temperatura emocional del relato.
La relación entre Stewart y Pattinson es, sin rodeos, lo que mantiene en pie a Crepúsculo. No porque sea sutil, sino porque está filmada como una experiencia absoluta. La película, al igual que el libro de Stephenie Meyer, entiende el enamoramiento adolescente como una forma de posesión emocional y de mirar al otro como si ahí estuviera concentrado el sentido entero de la existencia. Puede parecer excesivo, y lo es, pero el filme no le teme a ese exceso. Es más, lo abraza. El gran acierto de Crepúsculo es asumir que para un adolescente el amor no se vive con ironía ni con distancia, sino como una revelación desproporcionada. Esa convicción es la que hace que la película sea un artefacto risible para quienes entendemos el amor bajo un principio de realidad. Cuando Bella y Edward hablan, cuando se observan, cuando el deseo se traduce en contención física, hay una seriedad emocional adolescente que la película jamás traiciona.
Eso no significa que no haya problemas, y son varios. El guion de Melissa Rosenberg sufre intentando condensar un libro muy apoyado en la subjetividad de Bella. Mucho de lo que en la novela opera como obsesión interna, en pantalla debe resolverse con escenas explicativas, diálogos recalcitrantes y apariciones de personajes que entran y salen antes de adquirir verdadero espesor. La estructura, por momentos, parece partirse en dos. Primero, el nacimiento del romance; después, la irrupción más convencional de la amenaza externa. El conflicto con el malvado James (Cam Gigandet) y los vampiros nómadas cumple una función narrativa clara, pero también evidencia una debilidad. La película es mucho más persuasiva cuando se concentra en el vínculo afectivo que cuando quiere ser un thriller sobrenatural.
Ese desequilibrio alcanza también al universo secundario. Los Cullen son memorables en su apariencia y sobreactuaciones, pero no como personajes desarrollados. Aparecen con fuerza visual y con una promesa dramática que la película apenas puede esbozar. Lo mismo ocurre con Jacob (Taylor Lautner), que aquí funciona más como pieza del futuro que como una presencia verdaderamente consolidada dentro del presente del relato. Crepúsculo quiere poblar su mundo, pero no siempre sabe cómo dar espacio real a cada figura. Hay una sensación de resumen apurado, de adaptación que teme dejar fuera elementos esenciales del libro y termina cediendo a lo esquemático.
Formalmente, la película oscila entre hallazgos de atmósfera y decisiones francamente cuestionables. Sus efectos visuales fueron problemáticos incluso en su momento, y hoy se ven más frágiles todavía. Algunas secuencias de velocidad o desplazamiento sobrenatural rompen la ilusión en vez de potenciarla. Hay momentos en que el artificio pesa demasiado y el filme bordea lo kitsch de forma involuntaria. Sin embargo, también sería injusto negar que Hardwicke le imprime una identidad visual concreta. Esa dominante azulada, esa textura húmeda, ese aire de ensueño gótico adolescente, aunque a veces resulte artificioso, ayuda a que Crepúsculo tenga una personalidad reconocible. No parece una película genérica de estudio, sino una fantasía romántica extraña, desmañada, pero con un ADN propio.
También conviene detenerse en la dimensión sexual del relato, porque ahí está una de sus claves más potentes y también más incómodas. La saga de Crepúsculo es una historia sobre deseo y abstinencia, heredera del libro de Bram Stoker, con su miedo victoriano a la pérdida de la virginidad y el dilema de elegir a un amante anémico pero que brinda estabilidad, versus un amante enérgico y voraz, pero inestable. Todo en Edward está organizado alrededor del control. No tocar demasiado, no acercarse demasiado, no consumar demasiado. Eso ha sido leído muchas veces en clave conservadora, y hay razones para hacerlo.
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Pero la película también puede verse como una dramatización hiperbólica del miedo adolescente al sexo con el deseo como amenaza, la intimidad como posibilidad de destrucción y el amor como experiencia que pone en riesgo la integridad del Yo. El vampiro funciona menos como una criatura de horror que como una metáfora de una pasión imposible de vivir sin consecuencias. Por eso la película no necesita colmillos demasiado visibles ni violencia explícita para resultar erótica para los jóvenes. Su erotismo está en la contención.
Vista hoy, además, Crepúsculo adquiere un valor adicional como cápsula emocional y cultural. Pertenece a una era del cine juvenil todavía poco domesticada por el cinismo contemporáneo. No teme ser intensa, seria, sentimental e incluso ridícula en su apuesta. Y esa falta de distancia termina jugando a su favor. Hay algo desarmante en una película que cree tanto en la vivencia emocional de sus personajes. En una época donde gran parte del cine comercial se protege detrás de la ironía, Crepúsculo insiste en tomarse en serio el temblor amoroso de dos criaturas tristes y hermosas que se miran como si el mundo se acabara mañana.
Claro que no todo envejece bien. Hay diálogos toscos, giros forzados, personajes satelitales apenas dibujados y una ejecución irregular que nunca deja de sentirse limitada. Pero reducir la película a sus defectos sería ignorar aquello que la convirtió en un fenómeno. Crepúsculo no conquistó a millones solo por su premisa fantástica ni por el atractivo físico de sus protagonistas, sino porque supo capturar una verdad emocional muy reconocible: enamorarse por primera vez puede sentirse como entrar en peligro voluntariamente. Puede ser absurdo, excesivo, e inclusive devastador. Sin embargo, la película entiende esa lógica y la convierte en su motor.
No es, en sentido estricto, una gran película. Pero sí es una cinta con una pulsión singular, con dos intérpretes centrales que logran dotar de gravedad y vulnerabilidad a personajes que en otras manos se habrían vuelto caricaturas, y con una mirada del romance juvenil que sigue teniendo relevancia. Su reestreno permite verla sin el ruido de la moda y del desprecio automático. Lo que queda es una obra imperfecta, pero también intensamente sincera. Una fantasía romántica que tropieza, se excede, y aun así consigue tocar algo real en la experiencia del deseo adolescente.
Veredicto: Irregular, torpe y visualmente envejecida, pero mucho más efectiva y singular de lo que su mala fama sugiere, gracias a una convicción emocional que todavía muerde.
Ficha técnica:
Título: Twilight
Dirección: Catherine Hardwicke
Guion: Melissa Rosenberg, basado en la novela de Stephenie Meyer
Elenco: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Billy Burke, Peter Facinelli, Ashley Greene, Nikki Reed, Jackson Rathbone, Kellan Lutz, Taylor Lautner, Cam Gigandet, Anna Kendrick
Fotografía: Elliot Davis
Música: Carter Burwel
Distribución: Lionsgate
País: Estados Unidos
Género: Romance fantástico, drama juvenil
Año: 2008
Duración: 122 minutos