Crítica: Policíaco sin crimen: Un noir sin tensión, una comedia sin gracia y un misterio incapaz de sostenerse

Una experiencia frustrante, incapaz de convertir su misterio cotidiano en algo realmente intrigante o emocionalmente significativo

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

junio 17, 2026

2:53 pm

Cortesía de FICCI

El director Darío Vargas Linares pretende cuestionar las convenciones del policial clásico, jugar con la figura de la femme fatale, reflexionar sobre la construcción de la verdad, dialogar con el cine noir, incorporar elementos de cómic y añadir capas metanarrativas sobre el propio acto de narrar. El problema es que ninguna de esas ideas termina desarrollándose con rigor.

La película, ambientada a comienzos de los años 60 en una ciudad indeterminada,  parte de una premisa prometedora: dos investigadores privados veteranos, conocidos como Calvo (Juan Benjumea) y Calvás (Saín Castro), una especie de Mortadelo y Filemón a la colombiana, investigan la desaparición de un hombre que quizá nunca existió. Sobre el papel, la propuesta permite explorar el engaño, la manipulación narrativa y la fragilidad de la verdad. Sin embargo, a medida que avanza la investigación, el misterio deja de acumular tensión y empieza a acumular tedio.

El gran error de Policíaco sin crimen es olvidar una regla fundamental del género detectivesco: el espectador puede aceptar cualquier giro siempre que exista una arquitectura narrativa sólida detrás. El noir clásico, desde Chandler hasta Hitchcock, funciona gracias a una precisión casi matemática. Cada pista, personaje y revelación tienen un propósito. Aquí ocurre exactamente lo contrario. La historia abre caminos que nunca desarrolla, introduce personajes cuya función dramática termina siendo irrelevante y abandona líneas argumentales sin ofrecer una verdadera recompensa narrativa.

La película parece convencida de que sembrar incertidumbre equivale a generar misterio. No es lo mismo. El misterio exige control; la incertidumbre mal administrada produce desinterés.

Tampoco ayuda su obsesión por parecer ingeniosa. Vargas construye constantemente mecanismos para demostrar que está jugando con el género, pero rara vez consigue que esos juegos resulten estimulantes. La película se mira demasiado al espejo. Está tan ocupada admirando su propia astucia que olvida involucrar emocionalmente al espectador.

Su aproximación visual tampoco termina de funcionar. La estética inspirada en el cómic tipo Dick Tracy, aparece más como una declaración de intenciones que como una verdadera propuesta cinematográfica. Enfatiza demasiado en la dirección de arte, pero nunca alcanza la estilización necesaria para convertirse en un universo propio y termina pareciendo una colección de referencias dispersas. El resultado es una película que constantemente anuncia lo que quiere ser sin llegar a convertirse en ello.

Las secuencias oníricas representan quizás el síntoma más evidente de ese problema. En lugar de enriquecer la psicología de los personajes o ampliar el significado de la historia, interrumpen el flujo narrativo y ralentizan una película que ya arrastra graves problemas de ritmo. Lo que debería aportar extrañeza o profundidad acaba funcionando como simple relleno.

Y el ritmo es, probablemente, el mayor obstáculo de todos. Para una película que pretende jugar con la investigación, la intriga y el engaño, el desarrollo resulta sorprendentemente soporífero. Las escenas se prolongan sin generar tensión, los diálogos giran sobre sí mismos y la narración avanza con una pesadez que termina erosionando cualquier interés por descubrir la verdad.

Las actuaciones tampoco logran rescatar el conjunto. Juana Arias como la “mujer fatal” Esperanza Goncalves y Ángela Cano como la fiel secretaria Adelguiza Prisa, intentan aportar misterio y sofisticación a sus personajes, mientras Castro y Benjumea cargan con la investigación central, pero la dirección de actores favorece interpretaciones rígidas y artificiales. En demasiados momentos los personajes parecen representar ideas antes que personas reales. Hablan para explicar la película en lugar de habitarla.

Lo más frustrante es que Policíaco sin crimen insiste una y otra vez en presentarse como una obra inteligente. Pero la inteligencia narrativa no consiste en esconder información, hacer preguntas sobre el vuelo de Superman ni en multiplicar artificios. Consiste en saber exactamente qué historia se está contando y cómo conducir al espectador a través de ella. Aquí esa brújula nunca aparece.

La película termina atrapada en una contradicción fundamental: quiere desmontar el género policial sin demostrar primero que entiende por qué funciona. El resultado no es una reinvención del noir, sino un ejercicio disperso. 

Veredicto: Un experimento narrativo que aspira a ser ingenioso, sofisticado y lúdico, pero que termina siendo una experiencia errática, autocomplaciente, sosa y agotadora.

Título: Policíaco sin crimen (2026)

Dirección: Darío Vargas Linares

Elenco: Juana Arias, Ángela Cano, Saín Castro, Juan Benjumea, Jorge Alí Triana, Humberto Dorado, Diego Vélez, Horacio Tavera

Guion: Darío Vargas Linares, Lilian Pulgarín

Producción ejecutiva: Óscar Guarín

Productor en línea: Andrés Cuervo

Jefe de producción: Jeremy Pineda

Locaciones: Armando Gordillo

Producción de campo: Fabián Ossa

Género: Policíaco / Thriller ligero

País: Colombia

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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