Más allá de la pantalla: la historia de El baile de los 41

Una reflexión sobre el poder, la represión y la memoria detrás de la fiesta más polémica de la élite porfirista

Por JULIETA CHÁVEZ |

junio 10, 2025

3:05 pm

El baile de los 41

Durante los últimos minutos de El baile de los 41, la ficción alcanza su punto más íntimo. En una fiesta clandestina, cuarenta y dos hombres bailan sin miedo. Algunos visten traje, otros llevan vestidos elaborados y usan maquillaje. Entre ellos incluso se nombran en femenino y se mueven por el salón con una tranquilidad que parece liberadora. Ignacio de la Torre, yerno de Porfirio Díaz, y Evaristo Rivas, su amante, comparten una mirada que lo dice todo. Beben, ríen, bailan y se besan. Por un momento, parecen a salvo.

Entonces las puertas se abren. Tropas armadas irrumpen sin aviso, rodean a los presentes y los apuntan con sus rifles. La música se detiene, las risas se apagan y sus vestidos se vuelven la evidencia que desatará el inicio de una tremenda humillación pública. La película es una obra de ficción, pero se basa en la investigación del director David Pablos y la guionista Monika Revilla sobre un hecho histórico que sucedió la madrugada del 17 de noviembre de 1901 en la Ciudad de México. La fiesta tuvo lugar en una casa de la calle de la Paz y, tras varias horas de baile, la policía irrumpió en el lugar. El hallazgo fue considerado un escándalo, la prensa reaccionó con morbo, homofobia y clasismo, calificando la fiesta como una amenaza a la moral pública.

Uno de los rumores más persistentes fue que entre los asistentes se encontraba Ignacio de la Torre, casado con la hija mayor de Porfirio Díaz, y que gracias a su posición fue el único que logró escapar del arresto. La posición política y familiar de Ignacio de la Torre le otorgaron una protección que la mayoría no tuvo. Mientras los asistentes fueron señalados y humillados por vestir ropa considerada “inapropiada”, la prensa evitó mencionar su nombre y minimizó su participación. Este contraste muestra cómo el poder y la clase influían directamente en el manejo de estos escándalos.

Aunque nunca se publicó una lista oficial con los nombres, los 41 detenidos fueron sometidos a un escarnio donde se les obligó a barrer las calles con la ropa de la fiesta, se les ridiculizó en los periódicos y, a los que no pudieron pagar su libertad, se les envió al ejército en Yucatán, como una forma de castigo y exilio.

El castigo no fue solo legal, sino también moral y mediático. La vergüenza pública se usó como una herramienta para humillar a los asistentes. La prensa, con un tono burlesco y despectivo, difundió relatos que ridiculizaban a los asistentes. Por ejemplo, el diario ‘El Popular’ del 21 de noviembre de 1901 narró cómo un gendarme interrumpió una fiesta clandestina al escuchar ruidos, y describió a uno de los asistentes como “un afeminado vestido de mujer, con la falda recogida, la cara y los labios llenos de afeite y muy dulce y melindroso de habla”. El informe continuaba calificando a los presentes como “canallas” y, a partir de ahí, comenzaron los apodos, las mofas y el silencio forzado que marginó a todos los involucrados. 

Volver al salón donde ocurre el baile en la película es reencontrarse con un espacio que, aunque en la ficción termina en represión, en la realidad puede leerse como un acto de resistencia. Ese lugar y esa noche fueron el punto de partida de una lucha que sigue definiendo la búsqueda de libertad y reconocimiento hasta el día de hoy.

JULIETA CHÁVEZ

Redactora

Redactora editorial en The Hollywood Reporter en Español. Ha entrevistado a directores, actores y líderes de opinión, con un foco especial en mujeres, arte contemporáneo y temáticas de género.

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