Crítica Mother Mary: Anne Hathaway y Michaela Coel se desgastan en una pretenciosa fantasmagoría sobre la creación artística

El drama de David Lowery, que desafía las convenciones de género, explora la conflictiva relación entre una icónica estrella del pop y la arquitecta detrás de su imagen, con música de Jack Antonoff, Charli XCX y FKA twigs

Por DAVID ROONEY |

agosto 4, 2026

6:14 pm

A24

Piadosa Madre María, líbranos del mal. O de cualquier cosa que pretenda ser un ridículo y solemne disparate metafísico sobre la interpretación y la posesión, la creación y el exorcismo. David Lowery es un director aventurero que alterna producciones de estudio como Pete’s Dragon, The Old Man & the Gun y Peter Pan & Wendy, con proyectos de una agradable excentricidad, como A Ghost Story, una poética reflexión sobre el tiempo y la pérdida, o la imaginativa fantasía caballeresca The Green Knight. Su nueva película pertenece claramente a este segundo grupo, pero es puro estilo sin sustancia, a pesar de la intensidad que aportan Anne Hathaway y Michaela Coel en una historia sostenida prácticamente por ellas dos. 

Como una superestrella global del pop, cuyos vestuarios escénicos incluyen elaborados halos que la hacen parecer una sensual figura de la iconografía religiosa y que, además, alimentan la devoción casi sectaria de sus seguidores, Hathaway encarna con autoridad a las grandes estrellas de la música, desde Taylor Swift y Beyoncé, hasta Lady Gaga y Madonna. (Lowery ha reconocido que la película del Reputation Stadium Tour de Swift fue una de las principales inspiraciones para las escenas de concierto). Sin embargo, es Coel, en el papel de Sam Anselm, una excéntrica diseñadora británica con la altiva intensidad de Gloria Swanson en Sunset Boulevard, quien domina la película, para bien o para mal. 

Veredicto final

Rezar no servirá de nada.

Lugar de estreno: Viernes, 17 de abril.
Elenco: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer, Sian Clifford, Atheena Frizzell, FKA twigs, Jessica Brown Findlay, Kaia Gerber y Alba Baptista.
Director – Guionista: David Lowery 

Por momentos, las embriagadoras imágenes evocan el cine de Tarsem Singh, lo que deja claro que las mayores virtudes de Mother Mary son principalmente estéticas: desde los elaborados interludios musicales cuidadosamente coreografiados, hasta los desarrollos fantasmales, cercanos al terror. Todo ello mientras el vínculo entre las dos protagonistas revela nuevos secretos. 

A pesar de sus extensos diálogos, que suelen ser enigmáticos, cuando no francamente opacos, el melodrama gótico carece de la fuerza suficiente para atrapar al espectador. Al priorizar el impacto visual sobre la complejidad emocional, la película se acerca más a la atmósfera de un videoclip que a una narración consistente. En ese sentido, las canciones originales de EDM, de tono hipnótico, compuestas por Jack Antonoff, Charli XCX y FKA twigs, junto con la música de Daniel Hart, resultan esenciales. Pero ni siquiera eso logra ocultar un drama central pretencioso y tedioso. 

En una inquietante voz en off, Sam siente que la bilis le sube al enterarse de que Mary, el personaje de Hathaway, se acerca tras una década de distanciamiento. Y, en efecto, Mary aparece sin previo aviso, desaliñada y visiblemente agotada —muy lejos de la diosa de largas piernas que vemos sobre el escenario— en la finca de la campiña inglesa donde la diseñadora vive y tiene su atelier. La estrella del pop necesita un vestido para su concierto de regreso, previsto para el fin de semana siguiente, apenas a unos días de distancia, algo que Sam y su distante asistente Hilda (una desaprovechada Hunter Schafer) consideran imposible. 

Pero todos sabemos cómo termina esa historia. Sam lanza grandes declaraciones sobre su proceso creativo —describe su trabajo como “la transubstanciación del sentimiento”—, pero pronto termina colocando retazos de tela sobre Mary como una concursante de Project Runway incapaz de resolver el desafío. 

Resulta que, aunque Sam, la visionaria artífice de la imagen, fue quien creó la estética que convirtió a Mother Mary en un ícono venerado por millones de fans, la cantante la abandonó abruptamente hace una década, sin explicación alguna. Sam no ha vuelto a escuchar su música desde entonces; llegó a convencerse de que odiar a Mary era la única manera de aliviar la herida que le dejó aquel abandono. 

Coel se sumerge en la amargura mordaz de esa historia durante sus primeros intercambios, con una veta de malicia en preguntas que, supuestamente, buscan revelar en quién se ha convertido Mary y, por lo tanto, qué tipo de vestido le resultará auténtico. Sam se niega a escuchar la nueva canción que Mary planea estrenar, pero acepta ver la coreografía —sin música— que la intérprete ha creado para acompañarla. Hathaway se entrega a esa secuencia extenuante con una fuerza física arrolladora y una crudeza emocional desbordante. 

Entonces aparecen los fantasmas. Sin adelantar demasiado, la larga noche que pasan juntas adquiere un tono alucinatorio: primero Sam revela una visión que se le apareció y la llamó a seguirla; después, Mary confiesa que esa misma visión penetró en su cuerpo y que solo puede salir por un portal de carne abierta. O algo por el estilo.

Lowery representa esa visión como una maraña de telas rojas en movimiento que adquiere una presencia casi corpórea, un hipnótico estallido de color en medio de la exuberante oscuridad fotografiada por Andrew Droz Palermo (las escenas de concierto fueron filmadas por Rina Yang). Más allá de las evidentes connotaciones de un vínculo de sangre —que abarca tanto la colaboración artística como una relación personal, quizá incluso romántica—, el significado de todo ello queda abierto a la interpretación. Ni siquiera se aclara después de un extraño ritual ocultista dentro de un círculo de tiza, que transporta a las protagonistas al pasado, cuando Mary y un grupo de jóvenes participaron en una sesión espiritista dirigida por Imogen (FKA twigs), quien invocó físicamente a ese espíritu.

Dado que Hathaway interpreta a Mary no como una diva caprichosa, sino como un ser desbordado y vulnerable, al borde de ser consumido por su propia imagen pública, el drama apuesta fuertemente por los aspectos de posesión y exorcismo. Hay que decir que Hathaway luce espectacular con los vestuarios escénicos de Bina Daigeler y, aunque sus voces están procesadas electrónicamente hasta el extremo, las canciones resultan lo bastante convincentes y pegadizas como para que pueda pasar por un auténtico fenómeno musical. 

Lowery se adentra en el misterio del estrellato pop y en la alquimia creativa que lo hace posible, la intimidad de la inspiración y la inmensidad de conectar con una audiencia masiva. Habrá quienes encuentren profundidad en esta estilizada —y extremadamente ligera— representación de una mujer en la cima de su poder escénico, que lucha por soportar el peso de su propia identidad pública. A mí, en cambio, me resultó aburrida: una película consciente de su apariencia de sofisticación, pero distante y vacía.

Al menos el vestido (diseñado nada menos que por Iris van Herpen) es espectacular. No hace falta adivinar de qué color es.

DAVID ROONEY

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