Crítica La Odisea: Christopher Nolan crea un espectáculo ambicioso, aunque por momentos lento, con un atormentado Matt Damon al frente

Tom Holland, Anne Hathaway y Robert Pattinson encabezan el reparto de esta epopeya de proporciones monumentales, que también reúne a Lupita Nyong’o, Zendaya y Charlize Theron

Por DAVID ROONEY |

julio 15, 2026

4:33 pm

Universal Pictures / Courtesy Everett Collection

La apasionada historia de amor de Christopher Nolan con la experiencia cinematográfica en Premium Large Format alcanza su punto máximo con La Odisea, un proyecto monumental que marca el primer largometraje filmado íntegramente con cámaras IMAX. El resultado es una cinta de acción contemplativa, tan inmensa como íntima, aunque su ritmo se ve obstaculizado por la naturaleza inherentemente episódica del material original no lineal y por algunas decisiones de reparto cuestionables. Aún así, los espectadores ávidos de este tipo de espectáculo coral, hoy casi exclusivo de la ciencia ficción y las franquicias de superhéroes, encontrarán en esta reinterpretación del poema épico de Homero una propuesta audaz. 

Resulta irónico que, pese a la influencia fundacional del texto en la narrativa occidental moderna, nunca haya existido una adaptación cinematográfica indiscutiblemente sobresaliente de La Odisea, aunque Nolan, quien también firma el guion, se acerca más que algunos de sus predecesores. El poema sentó las bases del Viaje del Héroe y moldeó la forma en que la literatura aborda el personaje, la aventura y el conflicto, en una narración que reúne mortales, dioses y monstruos, historia y mitología, pruebas y triunfos.  

Veredicto final

A lo grande, al estilo Homero.

Lugar de estreno: Viernes, 17 de julio
Elenco: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Samantha Morton, John Leguizamo, Zendaya, Charlize Theron, Jon Bernthal, Himesh Patel, Bill Irwin, Elliot Page, Benny Safdie, Corey Hawkins, Mia Goth 
Director – Guionista: Christopher Nolan, a partir de La Odisea de Homero

Pero esto resulta menos sorprendente si se toma en cuenta la estructura discontinua de Homero, que comienza in medias res, recurre a flashbacks y enlaza encuentros independientes a lo largo de una década, como relatos contenidos dentro de otro relato. 

Después está el protagonista, Odiseo —interpretado aquí con una intensidad introspectiva por un imponente Matt Damon—, cuya transformación interna, de un guerrero arrogante a un hombre marcado por el trauma y la pérdida, constituye prácticamente el único hilo narrativo continuo de la película. No es sencillo dramatizar a un personaje que reconstruye fragmentos de memoria, mientras avanza gradualmente hacia un despertar moral, espiritual y existencial. 

Más difícil aún cuando gran parte de ese proceso ocurre en una bruma onírica, en una playa insular donde la ninfa calipso (una Charlize Theron que desentona por su aire contemporáneo) mantiene a Odiseo como su amante, alimentándolo con pétalos de loto para aliviar su dolor físico e impedir que recuerde a los hombres leales que perdió en el camino, aunque supuestamente lo hace para protegerlo de ese tormento psicológico. Estos pasajes tediosos frenan por completo la narración y evocan las andanzas purgatoriales de Sean Penn en El árbol de la vida, de Malick. 

Sin embargo, cuando la película cobra impulso, Nolan despliega un cine vigoroso, incorporando con libertad elementos de la epopeya previa de Homero, La Ilíada. Incluso cuando la trama requiere cierto esfuerzo para seguirse, la acción narra el viaje de 10 años de Odiseo de regreso a su reino, atravesando el Mediterráneo hasta la isla griega de Ítaca, después de otra década luchando en la guerra de Troya al servicio de Agamenón (Benny Safdie), rey de Micenas. 

En su quinta colaboración consecutiva con el director de fotografía neerlandés Hoyte van Hoytema, Nolan parte de una imagen impactante: el enorme Caballo de Troya semienterrado en la arena de una playa, como la Estatua de la Libertad al final de El planeta de los simios original. El asedio posterior, cuando los soldados troyanos introdujeron el caballo en la ciudad sin saber que Odiseo y sus hombres permanecían ocultos en su interior esperando para atacar, está en el centro del trauma que atormenta al protagonista. Podría llamarse un trastorno por estrés postraumático de la Antigua Grecia.

De vuelta en Ítaca, la reina Penélope (Anne Hathaway) soporta la presencia constante de una casa llena de pretendientes oportunistas, entre los que destacan el intrigante Antínoo (Robert Pattinson) y Polibo (Corey Hawkins). Cada vez más impacientes, presionan para que acepte que Odiseo ha muerto tras veinte años de ausencia y nunca volverá. El hijo de la pareja real, Telémaco (Tom Holland), está listo para reclamar el trono y, aunque Antínoo le promete a Penélope respetar la línea de sucesión si acepta casarse con él, Telémaco comprende perfectamente que su vida corre peligro.

Guiado por la diosa Atenea (Zendaya), quien le revela que su padre sigue con vida y permanece atrapado en una isla, Telemaco emprende un viaje para encontrar pruebas. La primera señal llega durante un encuentro con Menelao (Jon Bernthal), hermano de Agamenón y rey de Esparta, cuya furia por el rapto (¿o la huida?) de su esposa, la legendaria belleza Helena (Lupita Nyong’o), desencadenó la guerra del ejército griego aliado contra Troya. 

Nyong’o también interpreta a Clitemnestra, la hermana gemela de Helena y esposa de Agamenón, pero estas escenas se sienten apresuradas, algo que no ocurre solo en este punto, pues el denso guion sucumbe bajo el peso de todo lo que Nolan intenta incluir en él. 

Uno de los problemas es que el guionista y director nunca logra equilibrar del todo las trayectorias paralelas de Odiseo y Telémaco, haciendo que la película se sienta estructuralmente torpe. Tampoco ayuda que Holland, aunque siempre es una presencia carismática en pantalla, no resulte adecuado para el papel. Al igual que Pattinson, el actor británico interpreta a su personaje con acento estadounidense, pero termina pareciendo, simplemente, Peter Parker con una túnica, lo que le resta peso dramático al camino de Telémaco hacia la madurez. 

Los estudiosos de los clásicos podrían quejarse de que algunos episodios clave del viaje de regreso de Odiseo son omitidos o reciben un tratamiento tan apresurado que terminan sin ningún peso dramático. Parpadea y podrías perderte a Escila, el monstruo marino de seis cabezas que Odiseo y sus hombres esquivan, mientras navegan con su embarcación alrededor de un remolino. Y solo quienes recuerden muy bien sus clases de literatura comprenderán plenamente qué ocurre cuando irrumpen los lestrigones, gigantes antropófagos.

En contraste, varios episodios sí consiguen construir una tensión notable. La dramática huida de Odiseo y sus hombres de la cueva de Polifemo, el gigante tuerto dedicado al pastoreo de ovejas (interpretado físicamente por Bill Irwin, oculto en algún punto de la criatura), es una secuencia angustiante con tintes de terror, que tiene consecuencias para el viaje, pues el enfurecido cíclope es hijo del vengativo dios del mar Poseidón. Hay una poesía inquietante en el miedo de la tripulación al pasar junto a la isla habitada por las sirenas, cuyos cantos atraen a los marineros hacia una muerte segura entre las rocas, mientras Odiseo agoniza atado al mástil para resistirse a su llamado. 

El episodio más sobresaliente es la visita de los soldados a la isla de Circe, una bruja traicionera interpretada por una escalofriante Samantha Morton, cuya calma engañosa y aparente distracción esconden una amenaza constante. Hambrientos y sin provisiones, los hombres llegan hasta la morada de Circe, donde ella les ofrece un guiso que los transforma en animales dominados por la gula. Cuando no regresan al barco, Odiseo interviene y recurre a la astucia forjada durante sus años de batalla para convencer a Circe de deshacer su oscura magia.

El clímax que articula la película de casi tres horas llega cuando Odiseo finalmente regresa a Ítaca, disfrazado de mendigo para poner a prueba el amor de Penélope y despistar a Antínoo y a otros que desean verlo muerto. Las cámaras de Van Hoytema parecen estar en todas partes cuando Odiseo se enfrenta en un visceral combate, acompañado únicamente por Telémaco. Es exactamente el tipo de secuencia de gran escala en la que Nolan demuestra su maestría: una lucha de alto riesgo en un espacio reducido, desencadenada por una prueba ideada por Penélope, cuya astucia la convierte en la pareja perfecta de su esposo. 

Es aquí donde los temas de la película finalmente adquieren fuerza: el amargo desencanto que sigue a la guerra; la fragilidad del heroísmo; la rebelión contra los dioses; las incertidumbres del regreso al hogar después de una larga ausencia. El tema más poderoso es el de la conciencia, mientras Odiseo confronta sus logros con sus sacrificios: desde la muerte de sus hombres ahogados hasta la masacre de los troyanos, víctimas del engaño por el regalo ofrecido a los dioses que profanó todo aquello considerado como sagrado. Una muerte en particular, la de su joven primo Sinón (Elliot Page), es la que más lo atormenta. 

Las intenciones de Nolan son claras: rastrear el instinto humano hacia la guerra hasta la Edad de Bronce, pero hacerlo relevante para el presente al prescindir del lenguaje clásico y adoptar las cadencias de la conversación moderna. Aun así, cuesta no hacer una mueca cuando Penélope les dice a sus bulliciosos pretendientes: “Los he escuchado de fiesta”, o cuando Telémaco se refiere a Odiseo simplemente como “papá”. 

Aunque La Odisea es irregular y no iguala la seguridad narrativa ni la complejidad intelectual de Oppenheimer, la película es impulsada por un elenco deslumbrantemente carismático. (Me niego a entrar en la tediosa polémica en internet sobre las poco convencionales decisiones de reparto de Nolan; dado que ninguno de los actores aquí es griego o turco, resulta absurdo desacreditar a uno o dos intérpretes calificándolos como “contrataciones DEI”). 

Damon está soberbio, explorando zonas oscuras que rara vez había transitado en su carrera; Hathaway transmite una firmeza imperturbable que esconde vulnerabilidad; y Pattinson disfruta plenamente la vileza de Antínoo, convirtiéndolo en un conspirador cobarde cuyo único interés es él mismo.

Incluso quienes disponen de menos tiempo en pantalla, como Zendaya, Nyong’o, Hawkins y Mia Goth, quien interpreta a la traicionera criada de Penélope, logran dejar huella. Entre los secundarios destacan especialmente Samantha Morton, Himesh Patel como Euríloco, el segundo al mando de Odiseo que permanece leal hasta perder la fe en la temeridad de su capitán, y John Leguizamo, conmovedor como Eumeo, el porquero y viejo amigo de Odiseo, cuya ceguera no limita en absoluto su capacidad de observación.

Como era de esperarse, el apartado técnico es impecable. Van Hoytema llena el enorme encuadre con imágenes imponentes filmadas en evocadoras locaciones internacionales, grandiosas y poderosas en escala. Las secuencias de las embarcaciones en el mar son deslumbrantes, aún más durante una tormenta devastadora. Aunque Nolan suele trabajar con lo que parece un elenco de miles de personas, la propuesta visual se aleja de la visión del Hollywood clásico del épico de espada y sandalia, creando algo igualmente majestuoso y extraño, como corresponde a una historia salpicada de elementos fantásticos. 

La apuesta por el espectáculo realizado en cámara, por encima de los trucos digitales siempre que es posible, da sus frutos al sumergir al público directamente en el centro de la acción, particularmente en la batalla final en Ítaca, coreografiada con gran detalle. 

Los monumentales escenarios diseñados por Ruth De Jong (con la ciudad de Troya como uno de los mayores logros visuales) y el vestuario de Ellen Mirojnick, inspirado tanto en la historia como en el mito, refuerzan la sensación de inmersión. A ello se suma la cambiante partitura de Ludwig Göransson, que impulsa un paisaje sonoro turbulento, especialmente cuando la percusión desemboca en los tambores de guerra, un motivo tan contemporáneo hoy como lo fue hace más de tres mil años.

DAVID ROONEY

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